
Ruta Panamericana.
Lunes, 6:00 A.M. El despertador suena. Diez minutos después un sujeto se levanta. Abre la regadera alrededor de las 6:20 y entra a la ducha, después se viste, se arregla. Fruta y cereal son servidos en la mesa, desayuna. Ya para las 7:00 A.M. entra en su anticuado y compacto vehículo y se pone en marcha rumbo a su trabajo. Es una cuadra hacia la avenida principal, vuelta a la derecha, dos semáforos, vuelta a la izquierda, tres topes, cuatro altos, vuelta a la derecha, cinco baches y otros tantos semáforos, un recorrido de quince minutos que se repetirá toda la semana así como se ha repetido varios años.
Viernes, 6:00 A.M. El despertador suena y se escucha hasta la calle donde se encuentra el automóvil. Diez minutos después el sujeto se levanta, tiene la manía de prender la tele y sintonizar el noticiero de la mañana, valla forma de empezar el día viendo noticias decadentes. Abre la regadera alrededor de las 6:20 y entra a la ducha, el sonido que hacen las gotas al caer sobre el cancel es un aviso que inevitablemente el día será igual, después se viste, se arregla, ya no hay marcha atrás, en 15 minutos empieza el recorrido. Fruta y cereal son servidos en la mesa, desayuna, los platos suenan al contacto del tenedor y la cuchara, es el sonido que indica ponerse en su marca y estar listo. Ya para las 7:00 A.M. entra en su anticuado y compacto vehículo, este tipo es tan insignificante que ni su raquítico peso logra mover considerablemente los amortiguadores, se pone en marcha rumbo a su trabajo, una cuadra hacia la avenida principal (parece haber mas trafico cada día), vuelta a la derecha (los mismos comercios de toda la vida), dos semáforos (siempre en rojo), vuelta a la izquierda (esto es un fastidio), tres topes (que acelere para agarrar impulso y despegar), cuatro altos (no, no pasa nadie, el hacer alto total en una calle despejada no es precaución, es falta de criterio), vuelta a la derecha (¿Cuánto tiempo mas se tendrá que repetir esto?), cinco baches (ok, con las lluvias las calles se deterioran pero ¿Por qué tiene que caer en los mismos hoyos que tienen meses en el mismo lugar?) y otros tantos semáforos (ya que mas da), un recorrido de quince minutos que se repetirá toda la semana -o al menos esta-, así como se ha repetido varios años, al menos que ella cambie las cosas.
Ella era la llanta posterior derecha del anticuado y compacto vehículo que no pudo más que estar meditabunda todo el fin de semana. El lunes siguiente despertó de una pesadilla, soñaba con los mismos horarios del recorrido, avanzaba las mismas calles, daba vuelta en las mismas esquinas y se paraba en los mismos semáforos que duraban el mismo tiempo y un buen día estaba tan gastado como para poder aspirar a andar en terrecería o carretera. Al despertar de este sueño todo su ser estaba invadido de euforia y angustia, ella no quería gastarse hasta la inutilidad en una rutina que no quería, en donde no tenía ingerencia, en donde ella no conducía el camino.
Con el pánico que la embargaba empezó a querer zafarse del eje que la sostenía, ya pronto serian las 6:00 y tendría que hacer ese soporífero trayecto teniendo que esperar las mismas horas fuera del trabajo de ese sujeto, solo para hacer el recorrido de regreso y repetir esto una y otra vez. El tiempo se terminaba. Tras barios bruscos movimientos logro botar las tuercas y tras un vigoroso contoneo salio disparada de debajo del vehículo, esto hizo que el carro se estrellara estrepitosamente en el pavimento acaparando el irritable chillido del despertador, escucho pasos al interior de la casa y decidió salir rodando a toda velocidad.
Ya no importaban el tiempo, ahora podía dar vuelta en las esquinas que ella quisiera, no detenerse en los altos, rebotar en los topes y realizar imposibles piruetas para esquivar los baches, solo había un problema: ¿Qué aria de ahora en adelante?. Tanta autonomía la abrumo en un principio, solo savia que no quería seguir recorriendo caminos establecidos y entonces recordó esa sensación que sintió una ves que fue desponchada, esa liviandad que experimento en esa canaleta de turbias aguas, recordó esa maravilla que era flotar y decidió que eso era lo que quería hacer de ahora en adelante.
Tenía que actuar rápita, una llanta sola en las calles es susceptible a que alguien se la quiera robar y como su propósito era el de flotar tenía que buscar algún lugar donde lo pudiera hacer de ahora en adelante. Recorrió el centro de la ciudad y solo avía charcos, fue rumbo a los arroyos y canales, no avía agua y fue justo cuando paso en frente de una agencia de viajes que vio esa imagen que cumplía con todos sus anhelos: una amplia playa con palmeras, sol y un cielo despejado. Fue entonces cuando se dio cuenta que lo que quería hacer el resto de su existencia era flotar en el mar.
Y así fue que la inconforme llanta se encontró rodando decididamente por una carretera, era sorprendente ver como el campo era más extenso e imponente que la ciudad que conocía, también era escalofriante encontrarse con otros neumáticos camaradas desechos a un lado del pavimento ¿serian otros tantos rebeldes como ella que simplemente sucumbieron en el intento?. No savia con certeza si el rumbo que tomaba era el correcto pero decidió tomar aquel que decía Carretera Panamericana. Tal vez nunca llegaría a su destino pero estaba determinada a al menos disfrutar el intento.

3 comentarios:
No había pensado antes en ese sentido de personalización de los objetos que nos acompañan en la monotonía de la vida, que quizá pudieran tener aspiraciones distintas y mayor valor.
Siempre me sorprende tu genialidad.
Saludos
Tan generosa en tus apreciaciones como siempre, gracias.
No es generosidad... es justicia ante la desperdiciada genial que este caballero presenta entre sombras.
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